jueves, 14 de junio de 2012

Espínola


ANÁLISIS LITERARIO DE RODRÍGUEZ DE FRANCISCO ESPÍNOLA

El cuento Rodríguez es un cuento que pertenece al género narrativo porque en el mismo se cuenta una historia donde participan uno o más personajes en un tiempo y espacio determinado.
El título de este cuento es epónimo porque el mismo hace referencia a uno de los personajes que intervienen en la historia, en este caso Rodríguez.
El mismo está narrado en tercera persona, posee un narrador omnisciente, que sabe todo lo que sucede en la historia, pero que posee una particularidad: narra desde el punto de vista de Rodríguez (personaje), manifestado a través de la expresión “lo vio”: “Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya desde el medio del Paso, con el agua al estribo, lo vio Rodríguez hecho estatua entre los sauces de la barranca opuesta”.
Los hechos de este cuento se desarrollan en un paso, en una noche de luna llena, ambos datos se deducen a través de la expresión: “Como aquella luna había puesto todo igual, igual que de día, ya desde el medio del Paso…”.
Los personajes que intervienen en la historia son Rodríguez y “el otro”. Rodríguez es un paisano desconfiado, auténtico, indiferente y de pocas palabras: “Sin dejar de avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él fue observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado”, “[…] la vista en su zaino, fija.”
, “[…] para ver si a silencio, aburría al cargoso”, que en ese momento de la noche iba cabalgando por el paso al percibir la presencia del extraño.
“El otro”, es el personaje secundario, que se relaciona con Rodríguez pero que no desempeña un papel protagónico en la historia. Este era confianzudo, cargoso y hablaba con parloteo (rasgos psicológicos del personaje, etopeya): “Lo que son las cosas, parece mentira!...¡Te vi caer al paso, mirá …y simpaticé enseguida”,  “Muy fastidiado por el parloteo…”, “[…] para ver si a silencio, aburría al cargoso”.
Pero las características de este personaje particular no son solamente psicológicas, sino que además son físicas, porque el narrador lo describe de la siguiente manera: “Desmirriado era el desconocido y muy, muy alto”, “La barba aguda, renegrida”, “A los costados de la cara, retorcidos esmeradísimamente, largos mostachos le sobresalían”. A este tipo de recurso, que consiste en la descripción de las características físicas se le denomina grafopeya.
De Rodríguez, no se describen cualidades físicas. Este es además, el personaje primario de la historia porque es el que no cae en las tentaciones de “el otro”, que en este cuento se interpreta como el diablo. ¿Por qué? Porque sabe el nombre de su víctima, sin que esta se haya presentado, en este caso Rodríguez, y posee el poder de transformar lo que quiera.
Este cuento se divide en cuatro momentos, donde cada uno de los mismos, se corresponde con el inicio, el nudo y el desenlace.
En el momento I, se plantea la situación. O sea, se nos ubica a los personajes en las coordenadas espacio-temporales, el encuentro de ambos y las características ya sea físicas o psicológicas de ambos.
Estos personajes se encuentran en el paso, Rodríguez en un comienzo se siente incomodo por la presencia de el otro, al punto de que coloca su mano en la mano en la pistola: “A Rodríguez le chocó aquel no darse cuenta el hombre de que, con lo flaco que estaba y lo entecado del semblante, tamaña atención a los bigotes no le sentaba”, “Sin dejar de avanzar, bajo el poncho la mano en la pistola por cualquier evento, él le fue observando la negra cabalgadura, el respectivo poncho más que colorado”.
Al mismo tiempo “el otro” le dirige “una mirada que era un punta”, o sea, una mirada desafiante. Este tipo de expresión la clasificamos de metáfora, porque en la misma se está expresando como era la mirada de “el otro”. La metáfora es un recurso de estilo (tropo), en el cual una palabra toma el sentido de otra completamente distinta.
Pero, luego la mirada de este se convierte en una expresión inocente, tierna al ser comparada con la mirada de un cordero: “[…] y de golpe, quedó cual la del cordero”. Esta expresión conforma una comparación, en donde se compararan dos términos: la mirada (comparante) y el cordero (comparado) unidos mediante el nexo “cual”.
En el segundo momento del cuento, tenemos los ofrecimientos que “el otro” le hace a Rodríguez.
 “El otro” decide ir derecho al grano, sin rodeos, y le plantea a Rodríguez que puede ofrecerle lo que el quiera: mujer, oro y poder: “¿Te gusta la mujer?... Decí, Rodríguez, ¿te gusta?”, “¿Te gusta el oro?... Agenciate latas, Rodríguez, y botijos, y te los lleno toditos. ¿Te gusta el poder, que también es lindo? Al momento, sin apearte del zaino, quedarás hecho comisario o jefe político o coronel. General, no, Rodríguez, porque esos puestos los tengo reservados. Pero de ahí para abajo... no tenés más que elegir”.
Rodríguez  se muestra indiferente frente a dichas ofertas: “Brusco escozor le hizo componer el pecho a Rodríguez, mas se quedó sin respuesta el indiscreto. Y como la desazón le removió su fastidio, Rodríguez volvió a carraspear, esta vez con mayor dureza. Tanto que, inclinándose a un lado del zaino, escupió”. Pero Rodríguez no termina aquí, decide optar por el silencio, manteniendo su vista hacia delante: “Muy fastidiado por el parloteo, seguía mudo, siempre, siempre sosteniendo la mirada hacia adelante, Rodríguez”.
En el tercer momento “el otro” realiza pruebas para impresionar a Rodríguez. En este momento es donde el personaje muestras sus poderes, manifestándose como un ser que no pertenece al mundo terrenal, en este momento el otro a través de las demostraciones y transformaciones se muestra como el diablo.
Rodríguez sigue con sus actos de su vida cotidiana, se pone a liar, pero “el otro” no se conforma con dicha actitud y le dice: “-¿Dudás, Rodríguez? ¡Fijate, en mi negro viejo!”.
Transforma a su caballo negro en un tordillo como leche: “Y siguió cabalgando en un tordillo como leche”. Dicha comparación sirve para darnos cuenta de la blancura del caballo.
Luego transforma una rama en víbora: “La rama se hizo víbora, se debatió brillando en la noche al querer librarse de la tan flaca mano que la oprimía por el medio y, cuando con altanería el forastero la arrojó lejos, ella se perdió a los silbidos entre los pastos”.
Después de sus dedos brota una llamita, con la cual prende el cigarrillo de Rodríguez: “¡No te molestés! ¡Servite fuego, Rodríguez!
               Frotó la yema del índice con la del dedo gordo. Al punto una azulada llamita brotó entre ellos. Corrióla entonces hacia la uña del pulgar y, así, allí paradita, la presentó como en palmatoria.
              Ya el cigarro en la boca, al fuego la acercó Rodríguez inclinando la cabeza, y aspiró.”
Rodríguez en este momento del cuento se da cuenta de las intenciones del “otro”, a lo cual le dice: “-Esas son pruebas -murmuró entre la amplia humada Rodríguez, siempre pensando qué hacer para sacarse de encima al pegajoso”, ridiculizando y desprestigiando los esfuerzos del “otro”.
“El otro” primeramente se siente sorprendido, luego empieza a enfurecerse y de a poco vamos observando como pierde la paciencia: “Sobre el ánimo del jinete del oscuro la expresión fue un baldazo de agua fría. Cuando consiguió recobrarse, pudo seguir, con creciente ahínco, la mente hecha un volcán”. La sorpresa se visualiza a través de la metáfora: “la expresión fue un baldazo de agua fría”. Y el enojo a través de la metáfora: “[…] la mente hecha un volcán”.
Pero este no desiste, y decide realizar los últimos intentos: -¿Ah, sí? ¿Con que pruebas, no? ¿Y esto? Ahora miró de lleno Rodríguez, y afirmó en las riendas al zaino, temeroso de que se le abrieran de una cornada. Porque el importuno andaba a los corcovos en un toro cimarrón, presentado con tanto fuego en los ojos que milagro parecía no le estuviera ya echando humo el cuero”. Transforma al caballo en toro, y luego al toro en bagre:” -¿Y esto otro? ¡Mirá qué aletas, Rodríguez! -se prolongó, casi hecho imploración, en la noche.
             Ya no era toro lo que montaba el seductor, era bagre. Sujetándolo de los bigotes un instante, y espoleándolo asimismo hasta hacerlo bufar, su jinete lo lanzó como luz a dar vueltas en torno a Rodríguez”.  
Es de destacar de estas expresiones, la utilización de imágenes visuales y la inserción de elementos fantásticos que no suelen ocurrir en la vida cotidiana. No olvidemos que dichas transformaciones, podrían ser creíbles y formaban parte del contexto de la época, ya que en los pueblos rurales, existen creencias de que los paisanos podrían encontrarse en su camino con espíritus de seres muertos, las denominadas “luces malas”, creencias que están arraigadas en las costumbres y raíces de nuestro pueblo.
Rodríguez se muestra totalmente incrédulo ante dichas pruebas. Esta conducta puede ser la causa de dos motivos: primeramente porque Rodríguez pudo haberse dado cuenta de que era el diablo y en segundo lugar, porque ya en el siglo XX, la gente que vivía en el campo inmigraba a la ciudad, por lo tanto, se iban perdiendo de a poco dichas creencias pasándose a obtener los valores de la vida de la cuidad.
En el último momento del cuento (denominado derrota de “el otro”), “el otro” realiza una última tentativa: le ruega a Rodríguez que le preste atención, pedido al cual este no accede: “-Hablame, Rodríguez, ¿y esto?... ¡por favor, fijate bien!... ¿Eh?... ¡Fijate!”. Rodríguez simplemente le responde: “-¿Eso? Mágica, eso”, desprestigiando complemente a “el otro” y a todo lo que lo rodea.
Ante semejante respuesta “el otro” pierde completamente la paciencia y emite el insulto vulgar que le da un toque de humor a la narración: “-¡Te vas a la puta que te parió!”.
Ya “el otro” ha perdido ante Rodríguez, su orgullo ha sido herido y se siente derrotado y decide volver al paso nuevamente en busca de nuevas víctimas, volviéndose de esta manera a la situación que se había planteado en un comienzo. De ahí que el cuento posea un final cíclico: “Y mientras el zainito -hasta donde no llegó la exclamación por haber surgido entre un ahogo- seguía muy campante bajo la blanca, tan blanca luna tomando distancia, el otra vez oscuro, al sentir enterrársele las espuelas, giró en dos patas enseñando los dientes, para volver a apostar a su jinete entre los sauces del Paso”.
Prof: Carina Loyarte

Morosoli



EL BURRO

Umpiérrez se levantaba, empezaba el mate, encendía el fuego y ponía un churrasquito en las brasas. Después desayunaba y se iba al horno de ladrillos donde trabajaba. Al mediodía se apartaba del grupo de "cortadores" que hacían un fuego en común, encendía su propio fuego, tomaba mate, ponía un churrasquito y almorzaba. De tarde, al regresar del horno, pasaba por el matadero, levantaba unas achuras, las asaba, tomaba mate y cenaba. Luego se sentaba frente a la noche, fumando. Por el camino ciego que moría en el horno, no pasaba nadie. A sus espaldas las tunas y cinacinas, borroneaban la noche. Después se iba a dormir.
Al otro día hacía lo mismo. Y al otro día igual. La única excepción era el domingo, porque ese día no trabajaba y hacía comida de olla: puchero o guiso.

Una vez Anchordoqui le preguntó:
-¿Pero vos no vas nunca al boliche?
-¿Pa qué?
-A jugar un truco... A tomar una caña...
-¿Para salir peliando después?
-¿Y las mujeres no te gustan?
-¿Pa qué? ¿Para llenarte de hijos?
Anchordoqui seguía preguntando. Esperaba dejarlo sin respuesta.
-¿Y perro no tenés?
-¿Pa qué?
-¿Cómo pa qué? -dijo Anchordoqui malhumorado-. ¿Pa qué...? ¡Para tenerlos nomás, para lo que se tienen los perros!
-Para tenerlos nomás, mejor no tenerlos...
-Pero alguna diversión tenés que tener -dijo Anchordoqui en retirada.
-¿Querés mejor diversión que vivir como yo vivo?
Esta vez fue Anchordoqui el que no contestó.

Con los vecinos se llevaban bien. A Nemesia la lavandera, vecina de metros más allá, la veía cuando se levantaba. Ella le daba los buenos días, arrimaba el carrito de mano, en el que llevaba las bolsas de ropa al arroyo y al fin las cargaba. Alguna vez Umpiérrez la ayudaba a levantar las bolsas.
Con Vera -el guardia civil lindero del otro lado-, se veían a boca de noche, cuando regresaba de "el servicio", y solían cambiar algunas palabras. Una vez que éste estuvo enfermo fue a acompañarlo. Llevó la pava y el mate y se sentó al lado de la cama, le preguntó si quería algo y luego se puso a tomar mate callado.
Al rato Vera le dijo:
-Yo no hablo porque tengo la garganta mal...
-Quédese callao nomás -respondió él-, yo no vine a hablar. Vine a acompañarle.
Así estuvo hasta que Vera se durmió.
-El hombre está dormido -se dijo-. Levantó la pava, puso el mate en un bolsillo y se fue.

Un día partió hacia la estancia de Ramírez. Iba a hacerle cuatro "quemas" de ladrillo "por un tanto" con techo y comida.
Al terminar le dijo a Ramírez:
-El trabajo está... Si no precisa algo más...
Ramírez le contestó que no. Le dijo -además- que estaba muy contento con él y con el trabajo que había hecho.
-Le voy a regalar una manta de charque, medio capón y una bolsa de boniatos.
-La cuestión es llevarlo -comentó él.
-Cargue en el burro y cuando llegue a su rancho lo echa al camino...
-¿Y cabrestiará? -preguntó Umpiérrez.
-Pruebe...
Era un burro sin dueño y cansado de caminos, que había llegado allí un día que encontró la portera abierta. Era de pelo gris, con basteras que empezaban a pelechar, de orejas quebradas que le caían sobre las quijadas.
Él ensilló su caballo, cargó el burro y partió. El burro emparejó el trotecito del caballo sin dificultad. Cabrestiaba que daba gusto. Había marchado como una hora olvidado del burro, cuando se le ocurrió mirar para atrás. El cabestro se había desprendido de la sidera, pero el burro seguía la marcha como si nada hubiera ocurrido.
-¡Mirá! -dijo Umpiérrez.
Desmontó, sacudió la clinera del burro con simpatía, ató otra vez el tiro y siguió camino adelante.

Llegó, desensilló, y luego de refrescar el caballo lo soltó allí nomás en el potrero lindero al horno. Luego consideró que el burro tendría sed. Sacó la lata de lavarse los pies, la llenó de agua y esperó.
-Sin duda el burro, después de beber -pensó-, tomará el camino. Hambre tiene que tener...
Pero no. El burro bebió y luego se paró frente a él, mirándole con curiosidad llena de ternura.
-¿Pero ha visto? -dijo Umpiérrez, hablando para sí mismo a media voz. Y tras un silencio:
-Umpiérrez, traele un poco de chala... Te trajo el charque y el capón y los boniatos.
Y cuando él se aconsejaba, siempre aceptaba los consejos.
Por eso fue a buscar un brazado de chala.

Al otro día cuando volvió del trabajo, encontró a López -un español riquísimo dueño de medio pueblo- parado frente al burro.
-¡Qué lindo animal! -le dijo y agregó-: Cuando yo era niño y cuidaba ovejas en la montaña, tenía uno igual...
Unpiérrez pensó que López se estaba riendo de él y del burro. Pero no, porque López siguió así:
-Mañana traigo a mis nietos a verlo y te mandaré un saco de maíz y otro de afrecho.
Umpiérrez se quedó cavilando. Halló que la actitud del burro con él, y la de López con el burro eran una cosa rara. Y aquella generosidad, conociendo a López, más.

Él iba al horno. Venía. Se iba otra vez. El burro lo veía partir, de pecho al camino, como hace un perro cuando se va el amo. Al atardecer, cuando Umpiérrez volvía, el burro estaba allí esperándole.

Aquella tarde estaban López y Nemesia frente al rancho.
-¿Qué pasa? -preguntó Umpiérrez.
-Pasa que los muchachos casi matan el burro a pedradas. Si Nemesia no llega a tiempo... Mañana hacemos el alambrado y un galpón de cajones...

Era un galpón abrigado, de piso seco, con olor a pasto. Cuando llovía, Nemesia iba allí a lavar y a secar la ropa. Umpiérrez cebaba mate para los dos. Un día ella se comidió para hacer la comida, y él aceptó.

Anchordoqui terminó el comentario:
-No quería bichos ni mujer, pero el asunto es que los tres se la pasan mejor que yo...

Juan José Morosoli (1955) suplemento “El día”


Comentario 


Título : el título del texto es epónimo ya que el burro toma el caracter de un personaje porque es el el que causa un cambio en los demás.
Argumento:
La historia que se plantea en el cuento es sobre un hombre solitario y antisocial
Etopeya:
Es desconfiado y solitario pero cordial con los vecinos (Nemesia la ayuda a llevar la ropa y el guardia civil lo acompañó al estar enfermo).
Es reacio a hablar (soliloquio se habla a sí mismo, se aconseja darle de comer al burro) y rutinario (el mate y los churrascos reiteración del primer párrafo)Morosoli pinta las costumbres de la gente de campo característica del escritor además de utilizar un vocabulario típico de la gente de campo(pa qué, a boca de noche, cabrestiaba que da gusto)los elementos
Pobreza: no tiene en que llevar el obsequio (bolsa de boñatos, manta el charque y medio capón). No comía otra cosa que churrascos y mate. Esop era por su condición de hombre solitario y por la falta de recursos.
No tiene vicios: es un hombre pacífico.
Es libre le gusta la vida tranquila no quiere mujer, ni hijos ni relaciones sociales, no mascotas.
Es trabajador y honrado. (Trabajo realizado a Ramírez)
Paisaje: regionalista de campo
Oficio hace changas y vive cerca del horno donde trabaja. 

Benedetti


Una carta de amor
Mario Benedetti
Señorita: Usted y yo nunca fuimos presentados, pero tengo la esperanza de que me conozca de vista. Voy a darle un dato: yo soy ese tipo despeinado, de corbata moñita y saco a cuadros, que sube todos los días frente a Villa Dolores en el 141 que usted ya ha tomado en rivera y Propios. ¿Me reconoce ahora? Como quizá se haya dado cuenta, hace cuatro años que la vengo mirando. Primero con envidia porque usted venía sentada y yo en cambio casi a upa de ese señor panzudo que sube en mi misma parada y que me va tosiendo en el pescuezo hasta Dieciocho y Yaguardón. Después con curiosidad, porque, claro, usted no es como las otras: es bastante más gorda. Y por último con creciente interés porque creo modestamente que usted puede ser mi solución y yo la suya. Paso a explicarme.

Antes que nada, voy a pedirle encarecidamente que no se ofenda, porque así no vale. Voy a expresarme con franqueza y chau. Usted no necesita que le aclare que no soy lo que se dice un churro, así como yo no necesito que Ud. Me diga que no es Miss Universo. Los dos sabemos lo que somos ¿verdad? ¡Fenómeno! Así quería empezar. Bueno, no se preocupe por eso. Si bien yo llevo la ventaja de que existe un refrán que dice: «El hombre es como el oso, cuanto más feo más hermoso» y usted en cambio la desventaja de otro, aún no oficializado, que inventó mi sobrino: «La mujer gorda en la boda, generalmente incomoda», fíjese sin embargo que mi cara de pollo mojado hubiera sido un fracaso en cualquier época y en cambio su rolliza manera de existir hubiera podido tener en otros tiempos un considerable prestigio. Pero hoy en día el mundo está regido por factores económicos, y la belleza también. Cualquier flaca perchenta se viste con menos plata que usted, y en ésta, créame, la razón de que los hombres las prefieran.

Claro que también el cine tiene su influencia, ya que Hollywood ha gustado siempre de las flacas, pero ahora, con la pantalla ancha, quizá llegue una oportunidad para sus colegas. Si le voy a ser recontrafranco, le confesaré que a mí también me gustan más las delgaditas; tienen no sé qué cosa viboresca y fatigosa que a uno le pone de buen humor y en primavera lo hace relinchar. Pero, ya que estamos en tren de confidencias, le diré que las flacas me largan al medio, no les caigo bien ¿sabe? ¿Recuerda ésa peinada a lo Autrey Hepburn que sube en Bulevar, que los muchachos del ómnibus le dicen “Nacional” porque adelante no tiene nada? Bueno, a ésa le quise hablar a la altura de Sarandi y Zabala y allí mismo me encajó un codazo en el hígado que no lo arreglo con ningún colagogo. Yo sé que usted tiene un problema por el estilo: es evidente que le gustan los morochos de ojos verdes. Digo que es evidente, porque he observado con cierto detenimiento las babosas miradas de ternero mamón que usted le consagra a cierto individuo con esas características que sufre frente al David. Ahora bien, él no le habrá dado ningún codazo pero yo tengo registrado que la única vez que se dio cuenta de que usted le consagraba su respetable interés, el tipo se encogió de hombros e hizo con las manos el clásico gesto de ula Marula. De modo que su situación y la mía son casi gemelas.

Dicen que el que la sigue la consigue, pero usted y yo la hemos seguido y no la hemos conseguido. Así que he llegado a la conclusión de que quizá usted me convenga y viceversa. ¿No le tiene miedo a una vejez solitaria? ¿No siente pánico cuando se imagina con treinta años más de gobiernos batllistas, mirándose al espejo y reconociendo sus mismas voluminosas formas de ahora, pero mucho más fofas y esponjosas, con arruguitas aquí y allá, y acaso algún lobanillo estratégico? ¿No sería mejor que para esa época estuviéramos uno junto al otro, leyéndonos los avisos económicos o jugando a la escoba del quince? Yo creo sinceramente que a usted le conviene aprovechar su juventud, de la cual está jugando ahora el último alargue. No le ofrezco pasión, pero le prometo llevarla una vez por semana al cine de barrio para que usted no descuide esa zona de su psiquis. No le ofrezco una holgada posición económica, pero mis medios no son tan reducidos como para no permitirnos interesantes domingos en la playa o en el Parque Rodó.

No le ofrezco una vasta cultura pero sí una atenta lectura de Selecciones, que hoy en día sustituye a aquélla con apreciable ventaja. Poseo además especiales conocimientos en filatelia (que es mi hobby) y en el caso de que a usted le interese este rubro, le prometo que tendremos al respecto amenísimas conversaciones. ¿Y usted qué me ofrece, además de sus kilos, que estimo en lo que valen? Me gustaría tanto saber algo de su vida interior, de sus aspiraciones. He observado que le gusta leer los suplementos femeninos, de modo que en el aspecto de su inquietud espiritual, estoy tranquilo. Pero, ¿qué más? ¿Juega a la quiniela, le agrada la fainá, le gusta Olinda Bozán? No sé por qué, pero tengo la impresión de que vamos a congeniar admirablemente. Esta carta se la dejo al guarda para que se la entregue. Si su respuesta es afirmativa, traiga puestos mañana esos clips con frutillas que le quedan tan monos. Mientras tanto, besa sus guantes su respetuoso admirador.