Una
carta de amor
Mario
Benedetti
Señorita: Usted y yo nunca fuimos presentados,
pero tengo la esperanza de que me conozca de vista. Voy a darle un
dato: yo soy ese tipo despeinado, de corbata moñita y saco a
cuadros, que sube todos los días frente a Villa Dolores en el 141
que usted ya ha tomado en rivera y Propios. ¿Me reconoce ahora? Como
quizá se haya dado cuenta, hace cuatro años que la vengo mirando.
Primero con envidia porque usted venía sentada y yo en cambio casi a
upa de ese señor panzudo que sube en mi misma parada y que me va
tosiendo en el pescuezo hasta Dieciocho y Yaguardón. Después con
curiosidad, porque, claro, usted no es como las otras: es bastante
más gorda. Y por último con creciente interés porque creo
modestamente que usted puede ser mi solución y yo la suya. Paso a
explicarme.
Antes que nada, voy a pedirle encarecidamente
que no se ofenda, porque así no vale. Voy a expresarme con franqueza
y chau. Usted no necesita que le aclare que no soy lo que se dice un
churro, así como yo no necesito que Ud. Me diga que no es Miss
Universo. Los dos sabemos lo que somos ¿verdad? ¡Fenómeno! Así
quería empezar. Bueno, no se preocupe por eso. Si bien yo llevo la
ventaja de que existe un refrán que dice: «El hombre es como el
oso, cuanto más feo más hermoso» y usted en cambio la desventaja
de otro, aún no oficializado, que inventó mi sobrino: «La mujer
gorda en la boda, generalmente incomoda», fíjese sin embargo que mi
cara de pollo mojado hubiera sido un fracaso en cualquier época y en
cambio su rolliza manera de existir hubiera podido tener en otros
tiempos un considerable prestigio. Pero hoy en día el mundo está
regido por factores económicos, y la belleza también. Cualquier
flaca perchenta se viste con menos plata que usted, y en ésta,
créame, la razón de que los hombres las prefieran.
Claro que también el cine tiene su influencia,
ya que Hollywood ha gustado siempre de las flacas, pero ahora, con la
pantalla ancha, quizá llegue una oportunidad para sus colegas. Si le
voy a ser recontrafranco, le confesaré que a mí también me gustan
más las delgaditas; tienen no sé qué cosa viboresca y fatigosa que
a uno le pone de buen humor y en primavera lo hace relinchar. Pero,
ya que estamos en tren de confidencias, le diré que las flacas me
largan al medio, no les caigo bien ¿sabe? ¿Recuerda ésa peinada a
lo Autrey Hepburn que sube en Bulevar, que los muchachos del ómnibus
le dicen “Nacional” porque adelante no tiene nada? Bueno, a ésa
le quise hablar a la altura de Sarandi y Zabala y allí mismo me
encajó un codazo en el hígado que no lo arreglo con ningún
colagogo. Yo sé que usted tiene un problema por el estilo: es
evidente que le gustan los morochos de ojos verdes. Digo que es
evidente, porque he observado con cierto detenimiento las babosas
miradas de ternero mamón que usted le consagra a cierto individuo
con esas características que sufre frente al David. Ahora bien, él
no le habrá dado ningún codazo pero yo tengo registrado que la
única vez que se dio cuenta de que usted le consagraba su respetable
interés, el tipo se encogió de hombros e hizo con las manos el
clásico gesto de ula Marula. De modo que su situación y la mía son
casi gemelas.
Dicen que el que la sigue la consigue, pero
usted y yo la hemos seguido y no la hemos conseguido. Así que he
llegado a la conclusión de que quizá usted me convenga y viceversa.
¿No le tiene miedo a una vejez solitaria? ¿No siente pánico cuando
se imagina con treinta años más de gobiernos batllistas, mirándose
al espejo y reconociendo sus mismas voluminosas formas de ahora, pero
mucho más fofas y esponjosas, con arruguitas aquí y allá, y acaso
algún lobanillo estratégico? ¿No sería mejor que para esa época
estuviéramos uno junto al otro, leyéndonos los avisos económicos o
jugando a la escoba del quince? Yo creo sinceramente que a usted le
conviene aprovechar su juventud, de la cual está jugando ahora el
último alargue. No le ofrezco pasión, pero le prometo llevarla una
vez por semana al cine de barrio para que usted no descuide esa zona
de su psiquis. No le ofrezco una holgada posición económica, pero
mis medios no son tan reducidos como para no permitirnos interesantes
domingos en la playa o en el Parque Rodó.
No le ofrezco una vasta cultura pero sí una
atenta lectura de Selecciones, que hoy en día sustituye a aquélla
con apreciable ventaja. Poseo además especiales conocimientos en
filatelia (que es mi hobby) y en el caso de que a usted le interese
este rubro, le prometo que tendremos al respecto amenísimas
conversaciones. ¿Y usted qué me ofrece, además de sus kilos, que
estimo en lo que valen? Me gustaría tanto saber algo de su vida
interior, de sus aspiraciones. He observado que le gusta leer los
suplementos femeninos, de modo que en el aspecto de su inquietud
espiritual, estoy tranquilo. Pero, ¿qué más? ¿Juega a la
quiniela, le agrada la fainá, le gusta Olinda Bozán? No sé por
qué, pero tengo la impresión de que vamos a congeniar
admirablemente. Esta carta se la dejo al guarda para que se la
entregue. Si su respuesta es afirmativa, traiga puestos mañana esos
clips con frutillas que le quedan tan monos. Mientras tanto, besa sus
guantes su respetuoso admirador.
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